Yo tenía una perra cocker. La cepillaba cada día, tenía un pelo lustroso, unos ojos almendra y mirada dulce. Pura alegría. Pero Rita era, también, muy muy presumida. Pasaron los años, Rita se fue y yo deseaba otra compañera. Espera y espera. La vida no me la concedía.

Entre tanto yo elucubraba: una cocker no porque la compararé con su antecesora; una golden retriever, demasiado grande. Entonces, revolví en mi interior y comprendí que, desde ha mucho, yo deseaba una perra de aguas española. Una perra navegante, ovejera, cobradora, rústica que no necesitase apenas cuidados.

¿Y qué pasó? Que llegó Toya. A mi perra rústica se le meten las yerbas, los pinchos, las piedras; hasta la pelusa de las alfombras, ¡todo! por entre el pelo. Se le apelmaza, enreda, hiede, y cae, si permanece mojado. Su pelaje requiere tantos y más complejos cuidados que Rita. De modo que Toya y yo establecimos sesiones de acicalamiento. Ella se deja hacer y yo relajo la mente jugueteando con sus rizos. Así pasamos agradables y largos ratos.

Terminada la sesión de hoy me alejo un poco, observo su aspecto. Se la ve limpia, esponjosa, le brilla el manto. Pero, !ay, horror!: levanta la cabeza y me echa una mirada lánguida. ¡Toya! —le preguntó— ¿te estás volviendo presumida?

Ilustración: Fototeca propia