No me gusta hablar por teléfono. Tampoco escribir. Rompe mi orden, mi paz interior y mi silencio. Sin embargo, llevo dos mañanas pensando en comprarle uno Toya. De tenerlo, ayer y hoy la hubiera llamado desde el hospital. También lo haría mañana y pasado, que otra vez me toca ir.

Y es que cuando una se pasa la vida pegada a una perra a la que quieres, te es fiel hasta el asombro, te mira con absoluto amor y es suave como un algodón, si te separas de ella la añoras más que a nada en el mundo.

A juzgar por como me recibe, apostaría a que estaría encantada de poder llamarme. No me cabe duda de que a media mañana me pegaría un telefononazo y me preguntaría, con interés y delicadeza, cómo me va. Si los médicos me tratan bien, si las noticias han sido mejores, si estoy muy cansada y, sobre todo, me diría: “Te estoy esperando para besarte y abrazarte, para estar a tu lado y para jugar contigo cuando necesites distraerte”.

¡Vamos, lo mismito que hace mi hermana! ¿Tendrá que ver que son madrina y ahijada?