Hace justo una semana todos nos sobrecogíamos por los atentados en Cataluña. Fue estremecedor, lo sentí dentro. Mi cabeza, a su acostumbrada velocidad vertiginosa, creó una imagen: Mi hermana, mi perra Toya —soy incapaz de verme en sitio alguno sin ella— y yo paseábamos por Las Ramblas entre los puestos de flores y demás tenderetes. De repente, un ruido ensordecedor hizo que nos volviéramos, Toya la primera (lo hace con el zumbido de una mosca, siempre teme le venga algo o alguien por detrás). El vehículo nos vino encima. No vi más. Sentí el horror de ser víctima.
Hoy, siete días después, en cambio, escuché en la radio una noticia que me alegra sobremanera: En Asturies ya no se construirá una incineradora para quemar los residuos que los humanos generamos. Soy consciente de que ambos sucesos no son comparables, pero a mí me parece un gran avance dicha decisión. Además, mejor todavía, no sólo no quemaremos basura, sino que la convertiremos en combustible.
Esta modesta importante nueva es, en mi opinión, una muestra del tipo de noticias con el que los medios de comunicación debían de bombardearnos y no despotricando, casi ininterrumpidamente durante siete días consecutivos, sobre los atentados de Barcelona y Cambrils, generando odio y miedo, malestar general.
Los humanos tenemos la facultad, como otras especies, de aprender por imitación. Si se habla más del bien que del mal, iremos a mejor; si, por el contrario, a todas horas se habla del mal, iremos a peor.
Que nadie me malinterprete. No pretendo que se ocultara la noticia y se la privara de la relevancia que no dudo tiene, pero explotarla como está ocurriendo, sinceramente, me parece una tremenda falta de profesionalidad mediática, ausencia de consideración hacia los allegados de las víctimas e intención de malquistar.