Toya me observa desde la alfombra. Me lleva estudiando desde hace años. Dos ya. Sabe más sobre mí que yo misma. Estos días estoy en cama, consecuencias de mi enfermedad. Ella sabe que hay momentos mejores, y que los peores pueden ser de diferentes grados y tiempos. Ha comprendido que si estoy en cama la cosa está seria y que no podré pasear con ella, ni siquiera jugar en casa. De modo que no pide ni lo uno ni lo otro. Paciente se echa a mi lado, en la alfombra, respira profundo y se adormila. No se apura, ella ha elegido una misión: hacerme compañía. Otro querido miembro de la familia la insta a salir. Me mira inquisitiva. ¿Sin ti? Asiento. Comprende pero se hace la remolona, abandonar su puesto no le gusta. Por fin, tras que yo insista en que ha de irse, lo hace. No tarda en regresar; ha hecho un poco de ejercicio y sus necesidades físicas. Entra como una tromba por la puerta de mi habitación. Posa sus pies, manchados de tierra, sobre el embozo de la cama ávida por lamer mis manos, mi cuello, mi cara ¿Cómo negárselo a pesar de lo que conlleva? Me siento incapaz.

Imagen: Fototeca propia