Cada vez me gustan más los días lluviosos, y el invierno que los trae, por lo que facilitan permanecer en casa. Algo que mi dedicación habitual, la escritura, y mi cuerpo, deteriorado, me piden cada vez más.
Toya y yo paseamos por un parque de brillante suelo oscuro, mojadas hojas; vacío de personas, silencioso. Este silencio me lleva a otro que ha quedado apresado en mi memoria:
Retorno a casa en las lluviosas tardes de invierno, tras las aburridas clases vespertinas, por las calles del Avilés gris de los años setenta. Son las tardes solitarias las que han quedado fijas en mi memoria. Las que favorecían sentir y pensar bajo la lluvia, a falta de intercambio de vivencias y risas.
¡¿Quién me iba a decir que aquellas melancólicas tardes iban a ser las que hoy me hicieran amar el invierno?! Persona de luz como soy, siempre con frío, amante del color, de las flores y los aromas que traen.
La magia de la infancia lo abarca todo. La mente adulta la recibe, por un instante ve la niña que en ella habitó. Aquella que vivía el momento presente tan intensamente que ha dejado un sinfín de escenas impresas. Útil materia para una escritora.

Ilustración: Pascal Campion