¿Si no hay patrón no hay huelga? ¿Sería esa la primera pregunta que deberíamos habernos hecho hoy para decidir trabajar o no? De ser así, yo no tendría que haber estado en huelga, debería haberme pasado el día escribiendo, como hice ayer.

De hecho, no tengo patrón, ni siquiera tengo un trabajo remunerado. Vivo en una familia en la que somos tres féminas y un varón que de haber nacido en esta época, habría pertenecido al movimiento «He for She». Mis progenitores me enseñaron que lo primero era estudiar porque el saber era lo más importante y sería mi herencia. Nadie me inculcó que debería casarme y formar una familia.

De niña no fui consciente de la diferencia entre un niño y yo. El niño sí encontraba diferencias, sin embargo. ¿Por qué él sí las veía y yo no? Simple. Porque para ello estaba siendo educado, en la diferencia entre hombre y mujer. Una diferencia que conllevaba desigualdad, él era más capaz para todo.

Casi cincuenta años después, la niña que fui está hoy en huelga para reivindicar la igualdad entre hombre y mujer, pues el niño de ayer sigue viéndome inferior. Ya no solo por mujer, además por mujer enferma y dependiente.

Pero lo que en verdad hoy me hace daño no es ese niño. Es que junto a él, crecieron muchas niñas que creían lo mismo. Mujeres que hoy no han sido capaces de secundar la huelga, ni siquiera los actos a favor de la igualdad. No se lo ha permitido su sentido de la responsabilidad. Son responsables del bienestar de los demás. ¿Cómo librarse de eso?

Imágenes: Fototeca propia