Han pasado meses desde la última vez que escribí sobre el Covid. Salvo que España ya no está en Estado de Alarma y que somos libres para salir de nuestras casas, poco ha cambiado desde entonces.


El virus que masacra a miles de personas en este planeta no es solo una amenaza, como dicen ahora eufemísticamente algunos políticos, es un peligro evidente. Ni tampoco surgen brotes, lo que ocurre es que el virus se sigue propagando. Encuentra un cuerpo desprotegido y se instala. Posee mentalidad de okupa.


A estas alturas de pandemia, tenemos elementos suficientes para tener consciencia de esta realidad. Sorprendente, entonces, que haya quien ose no ponerse la mascarilla en situaciones de riesgo para él o para los demás. Quien no siga las medidas de higiene y, ya puestos, quien corra a abrazarte si viene al caso.


A mí me resulta difícil no abrazar. Necesito el contacto directo, acompañar mis sentimientos con gestos, pero ahora me contengo. Si me encuentro con alguien querido (siempre y cuando ambos traigamos mascarilla) le choco el codo. De momento, es lo equivalente al abrazo. Debo conformarme.


Creo que esa es la lección que deberíamos haber aprendido con esta experiencia. Conformarnos ante lo inevitable. Asumir, responsabilizarnos de nuestro comportamiento. No le facilitemos al Covid_19_instalarse en nuestros cuerpos, evitemos ser transmisores. Es lo único que podemos hacer mientras se descubre una vacuna. Es lo único que podemos hacer para que todos podamos volver a abrazarnos cuanto antes.

Imagen: Playa de Santa Marina, Ribeseya, Fototeca propia