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La escritura es un estado

Elma S. Vega

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En Principets

Cada año voy a Principets. En el salón de mascotas del Principado, que tiene lugar en el pabellón de exposiciones de la Magdalena de mi ciudad natal, es posible ver hermosos ejemplares de todas las razas, adoptar un perro, comprar lo que necesites o antoje para tu mascota y ver demostraciones varias de habilidades caninas.

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Pero Principets es, también, una cita clave para informarse de todo lo referente a nuestros animales de compañía. Entre otras cosas, de las leyes existentes para la tenencia de los mismos y su convivencia en sociedad.

Este año el estand del ayuntamiento de Avilés informaba sobre la campaña que está llevando a cabo para facilitar dicha convivencia. Algo muy complejo, pues a pesar de que en esta ciudad somos muchos los que amamos a los perros y nos desvivimos por ellos, son más los que les tienen aversión.

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Confío en que la campaña presente sea el principio de lo que debería haber sido ya —va a hacer ahora veinticinco años, cuando tuve mi anterior perra—. Entonces, un numeroso grupo de personas con sus respectivos canes, irrumpimos en la sala de plenos del ayuntamiento para quejarnos por la falta de zonas de esparcimiento para ellos y pedir se creara una normativa municipal que regulase nuestros derechos y deberes.

Aquello quedó en nada. Era otra época, había menos perros, la gente era más tolerante y los perros estaban menos estresados, nos arreglamos como pudimos. Pero ahora hemos llegado a un situación en la que es imprescindible tomar medidas que la regulen, pues cada vez son más los problemas entre los dueños de perros y los que no los tienen. Sin embargo, no se puede obviar algo tan evidente como que necesitan hacer ejercicio para liberar su energía. ¿Dónde?

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Respecto a los animales, España está sujeta a leyes obsoletas, descabelladas en cualquier otro país civilizado. ¿Será que no lo somos? Cómo se me puede ocurrir semejante pregunta, me da miedo leer vuestras respuestas.

Imágenes: Fototeca propia

8M

¿Si no hay patrón no hay huelga? ¿Sería esa la primera pregunta que deberíamos habernos hecho hoy para decidir trabajar o no? De ser así, yo no tendría que haber estado en huelga, debería haberme pasado el día escribiendo, como hice ayer.

De hecho, no tengo patrón, ni siquiera tengo un trabajo remunerado. Vivo en una familia en la que somos tres féminas y un varón que de haber nacido en esta época, habría pertenecido al movimiento «He for She». Mis progenitores me enseñaron que lo primero era estudiar porque el saber era lo más importante y sería mi herencia. Nadie me inculcó que debería casarme y formar una familia.

De niña no fui consciente de la diferencia entre un niño y yo. El niño sí encontraba diferencias, sin embargo. ¿Por qué él sí las veía y yo no? Simple. Porque para ello estaba siendo educado, en la diferencia entre hombre y mujer. Una diferencia que conllevaba desigualdad, él era más capaz para todo.

Casi cincuenta años después, la niña que fui está hoy en huelga para reivindicar la igualdad entre hombre y mujer, pues el niño de ayer sigue viéndome inferior. Ya no solo por mujer, además por mujer enferma y dependiente.

Pero lo que en verdad hoy me hace daño no es ese niño. Es que junto a él, crecieron muchas niñas que creían lo mismo. Mujeres que hoy no han sido capaces de secundar la huelga, ni siquiera los actos a favor de la igualdad. No se lo ha permitido su sentido de la responsabilidad. Son responsables del bienestar de los demás. ¿Cómo librarse de eso?

Imágenes: Fototeca propia

Lengua materna

Hay combinaciones de palabras que oímos a menudo sin escucharlas, sin pararnos a pensar el profundo significado de las mismas. «Lengua materna» es una de ellas. Para unos es el medio más auténtico para expresar sus sentimientos y comunicarse con la familia o comunidad. Entendiendo por esta última al conjunto de vecinos y no a una entidad territorial, aunque también.

Pero quiero huir, precisamente, de ese contexto que nos lleva, sin remedio, a la otra interpretación que se hace de la expresión «lengua materna»: peligro a combatir. La mala política, o más concretamente, los políticos malos, fabrican peligros sin cesar. Cuantos más peligros fantasmas intuyamos los ciudadanos, mejor. Campo despejado para seguir ejerciendo alegremente su política adversa a nosotros.

A estas alturas, habrá quien haya abandonado este texto creyéndolo una exaltación del nacionalismo. Nada más lejos de mi intención sin embargo. Es una exaltación de todas las lenguas propias, la de cada uno de nosotros. De la lengua que heredamos. De las primeras palabras que oímos en casa, a nuestra madre. Palabras que nos acompañan en los primeros años de vida, cuando nuestro territorio es habitado por los que nos aman, solo por ellos. Ese entorno de abrigo en el que aprendemos a amar lo propio.

Heredamos los rasgos, heredamos los gestos, heredamos las costumbres. Heredamos la lengua. La lengua que narra nuestra historia familiar y a la que podemos sumar muchas más. Pues cuantas más conozcamos a más gente comprenderemos. No en vano, conocer facilita entender.

De modo que convendría conocer un poco mejor nuestra lengua materna y su origen para opinar convenientemente sobre ella. No reivindico una postura política, reivindico respeto hacia una lengua, en mi caso el asturianu, a la que se le niega incluso la existencia. Hoy, Día Internacional De la Lengua Materna, es el día más indicado para recapacitar sobre este hecho.

Las lenguas surgieron para unir, no para separar. Materno es aquello propio, de la madre, de nuestros afectos. ¿Por qué enemistarnos, entonces, con nuestra propia lengua? Sinceramente, solo desde el desconocimiento y el desamor entiendo el motivo.

Ilustración: Claudia Tremblay

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