Puedes leer este artículo en su publicación original en el periódico La Nueva España

En mis primeros años de infancia viví en una casa frente a la ría, desde cuyas ventanas contemplaba los barcos pesqueros descargar ante la rula vieja, ya derruida, los enormes buques de carga atracar en la dársena de san Agustín. El puente originario de san Sebastián cruzaba rojizo el agua con delicadeza férrea. La factoría ENSIDESA, motor económico de la ciudad y causante de la expansión demográfica, ocupaba los terrenos de las huelgas, en donde hoy luce la cúpula del Niemeyer.

La siderurgia instalada en 1957 cambiaría de manera abrupta el aspecto de la pequeña villa de calles porticadas, palacios, y llamativas casas de indianos. En los años sucesivos la zona de la ría se iría degradando. Los nacidos en la década de los sesenta fuimos los últimos que la cruzamos en barca para ir a la playa de san Balandrán y bañarnos en su orilla. La ciudad se expandía tornándose oscura, triste, ignorada. A medida que Avilés se convertía en ciudad industrial, su antaño brillante pasado cultural iba quedando relegado.

La gran fábrica aportó a la villa años de progreso económico, pero con menos de tres décadas de existencia entró en decadencia. La reconversión industrial trajo un alto índice de desempleo. La implantación de otras industrias, pequeñas empresas y diversas iniciativas no logran salvar al municipio de los estragos ocasionados por los cambios en ENSIDESA.

En el año 2007, el Principado de Asturias cede a Avilés el edificio proyectado por el arquitecto Oscar Niemeyer con la finalidad de convertirlo en un centro cultural de relevancia internacional, regenerador del entorno y motor económico de la ciudad. Tal aspiración renueva esperanzas no exentas de escepticismo, si bien, incluso antes de acabar las obras, los encargados de su gestión ya habían puesto a Avilés, y a la par a Asturias, en la cima del panorama cultural internacional gracias a una programación de calidad, diferente a la exhibida en el resto del país.

Cuando en marzo del pasado año llegó la fecha de la inauguración del denominado, con acierto, Centro Cultural Internacional oscar Niemeyer, ya contaba con prestigio en el exterior. A partir de esos momentos los avilesinos palpamos la posibilidad, no solo de un futuro cercano de prosperidad económica, sino además de apertura social y salida del ostracismo. Los periódicos internacionales se hicieron eco del éxito del Niemeyer y oleadas de turistas inundaron la ciudad.

El cambio electoral, imprevisto por los entonces gobernantes de la región, precipitó una serie de medidas en el seno de la Fundación Niemeyer, encargada de la gestión del Centro, que facilitaron al nuevo ejecutivo del Principado sembrar dudas respecto a su actuación mediante diversas acusaciones de índole económico y continuas críticas a la programación, para finalizar con la toma del complejo cultural a pesar de carecer de programa preciso para alcanzar el objetivo primero: un complejo cultural de referencia internacional y capaz de autofinanciarse pasado el tiempo. En pocos meses el esfuerzo, empeño e ilusión de cinco años se desvanece.

El Centro Niemeyer, con brevedad, demostró ser generador de riqueza, lugar de encuentro y propiciador de optimismo para una ciudad degradada y necesitada de un medio de vida para encarar el porvenir. Cabe que la gestión de la Fundación Niemeyer no haya sido correcta en su totalidad, que la programación no agrade a todos. Todo ello es subsanable. De lo que no cabe duda es de que dio al complejo cultural del famoso arquitecto lo que prometió: Una creación de marca, darse a conocer en el exterior, ser dinámico, vanguardista, divulgativo, de reconocido prestigio internacional y, asimismo, hacer de Avilés, de inmediato, una ciudad cosmopolita.

La historia es caprichosa y la villa a lo largo de su existencia ha sufrido diversos avatares de los que siempre salió victoriosa, reponiéndose y reforzando sus méritos gracias al ejemplar comportamiento de sus habitantes. En la primavera de 2009 vimos aparecer un gran globo blanco en los terrenos de Las Huelgas, al poco se desinfló, no obstante se volvió a hinchar. Como la cúpula del Niemeyer, los avilesinos tenemos que erguirnos y no cejar en el empeño hasta que nos devuelvan lo que es nuestro, lo que se le debe a la que antaño fue una hermosa villa marinera con rico patrimonio y ambición cultural.

Avilés, Lunes 30 de enero de 2012

Imagen destacada: Fototeca propia, Cúpula del Centro Cultural Óscar Niemeyer y puerto deportivo, Avilés.