En el verano de 2013 la Asosciación Cultural y de Festejos de San Roque de Arobes, me pidió que fuera la pregonera de las fiestas del pueblo. La petición me cogió por sorpresa. Unos cuantos pensamientos veloces: honor, responsabilidad, satisfacción, alegría, ¡reto! A menudo, a la hora de escribir un pregón, se tiende a lo manido y los pregones resultan tediosos, así que pensé: ¡qué oportunidad escribir uno para conocer, en su medida, la dificultad que entraña! Para ello ahondé en mis sentimientos. En lo que el pueblo de Arobes significa para mí, en lo que fue mi encuentro con él, con sus habitantes; lo habitual en esa labor. Pero me prohibí ser aburrida, escribir lo consabido y de igual modo. Me gusta leer cuentos y escribirlos, mi pregón tenía que ser otro más, pero esta vez autobiográfico. Resultó un trabajo apasionante.

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“Mis queridos vecinos…,”

 

Texto íntegro del pregón

Mis queridos vecinos, como estamos en confianza voy a seros franca: siempre me pareció muy difícil escribir un pregón para cualquier festividad. Un pregón ameno, diferente al de años precedentes y, más aún, que no resulte mortalmente aburrido. Dicho esto, os preguntaréis cómo entonces me atreví a ser este año la pregonera de la fiesta de nuestro patrono. La respuesta reside en lo qué sentí cuando me lo propuso la directiva de la « Asociación Cultural y de Festejos de San Roque ». Me pareció un honor; coincidiréis conmigo en que lo es. No obstante, lo que de verdad me motivó a asumir el reto fue que la directiva esgrimió para mi elección el siguiente motivo —y cito literalmente—: « Porque preferimos a la gente de casa. Porque su mensaje llega mejor y es todo más familiar » ¡¿Qué más quise oír?! Esas palabras me llegaron al alma. Si bien parte importante de mi vida la paso en el concejo de Parres, es cierto que no nací en Arobes; decirme que me consideráis una más del pueblu me halagó los oídos. Acepté sin dudar.

Pero claro, después de la emoción llegó la hora de la verdad. ¿Sobre qué podría disertar que cumpliera mis expectativas y que, imagino, son las vuestras? Pluma en ristre me puse a barajar ideas. Debía escribir sobre algo que interesara a todos. « Tranquila —me dije— algo saldrá; al fin y al cabo es a lo que dedicas tu tiempo ».

¡Ah!, pues sin ir más lejos, mi pregón podía versar sobre el tiempo. Es de lo primero que hablamos en cuanto nos topamos con alguien. Todos queremos saber qué día hará mañana. Es el momento de máxima audiencia de los informativos. Sin embargo, lo descarté; no me pareció adecuado para el pregón de la fiesta’l pueblu.

Inspirándome, pues, en los informativos, seguí el hilo, aunque a la inversa. Los
deportes, o lo que es lo mismo en este país: el fútbol. Siento decepcionar a los hombres aquí presentes; por rebeldía me negué a discursear sobre fútbol. Otro tema a la papelera. La cosa se estaba poniendo difícil.

Obstinada, seguí buscando inspiración en los informativos. « Cuando los ve tanta gente por algo será » —pensé—. Y entonces caí en la cuenta: « ¿Pero cómo no me percaté primero? ¡Serás tonta! » —me reproché—. La gente los ve porque les interesa la política. » ¡Uf, ahí sí que tenía materia!: que si la educación, que si la sanidad, que si las pensiones, que si la corrupción, que si la reforma de la ley de tráfico (que ahora como te pases con un culín te clavan mil euros). Tal recorrido me costó una borrachera. « La política para los políticos », rechacé asqueada.

Al borde de la desesperación me encomendé a nuestro santo patrón. Creí ver la luz. Sin duda, el tema más acorde con san Roque eran los males físicos. Nadie —ni el más joven de los aquí presentes— libra de ir al médico; a todos nos duele algo, nos pasamos la vida con el ¡ay! en la boca. Además, me iba a lucir en la exposición; en esa materia tengo varios másteres. No había escrito ni dos palabras cuando empezaron a dolerme los ojos. Eran las lágrimas que me salían del cerebro. ¡Maldito demonio!, me estaba acongojando. Nada más lejos de mi intención que amargar la fiesta a nadie. A estas alturas la cabeza me ardía. Estaba de querer ser original y escribir un pregón que interesara a todos hasta el cogote. Abrí la puerta de mi guarida y me largué a tomar viento fresco. En el exterior, entre hortensias y rosas, me invadió el recuerdo. Fue él quien redactó este pregón.

En un agosto de hace catorce años, bajo el cielo encapotado provocado por un eclipse solar, yo pisaba a tientas por primera vez la tierra de La Fabariega, donde poco tiempo después había de estar mi casa. A pesar de que la Cuesta Bodes apenas se vislumbraba, el lugar desprendía magia. Era un sitio para quedarse. A mi familia y a mí no nos costó decidirnos. Arobes para nosotros tenía un significado especial: mi padre —al que la mayoría conocéis por « Manolín el del cura »— vino para Viabañu de chavalín; mi madre es de Castañera, y mi hermana y yo nos criamos a caballo entre Avilés y la casa de nuestros güelos maternos. En nuestro álbum de fotos se ve a mi padre lanzándose de cabeza al Pozu la barca (sé que entre vosotros hay quien recuerda todavía aquellos saltos). Existen también imágenes de la reconstrucción de la iglesia Viabañu; de la famosa barca que cruzaba el Piloña antes de que se erigiera el puente, y —¡¿cómo no?!— de mis padres en el prau la romería San Roque.

Mis propios recuerdos de Arobes arrancan de ahí; del prau de la romería. Me veo corriendo por él con muy pocos años de edad lanzando voladores de aquellos que lucían una cola como la de las cometas. Llegada la adolescencia san Roque era cita obligada; momentos inolvidables de juegos y bailes en pandilla, e, incluso, de charlas existenciales entre chavales que despertábamos a la vida. Mi hermana, mis primos y yo —como la mayoría de los que estáis aquí— cada verano hacíamos el consabido recorrido de romería en romería. Forzoso era empezar en santa Rita y finalizar en san Pachu, momento de regreso a las clases; y lo más doloroso, a la ciudad. Alguno habrá por ahí que sentía lo mismo y llegado el momento de la partida, al igual que a mí, le entraba un ataque de tristeza. Después me hice mayor, mi salud se quebró y, aunque seguí viniendo a Castañera, no volví a san Roque.

Debo indicar que esto que me vino a la mente, durante mi paseo entre flores, no pasaban de ser recuerdos personales e ignoraba hasta qué punto los compartíais con nosotros. Cuando nos instalamos en Arobes —hizo el domingo once años— no imaginaba que una de las primeras cosas que oiría sería:
—¡Hombre Manolín!, no pasan los años por ti. ¿Acuérdaste cuando andabes tol día en bici camín d’Arriondas cola mochila al llombu?

A partir de ahí todo fueron recuerdos comunes, o con un vecino o con otro. Mis padres y los arobenses compartían un pasado. Yo misma encontré en Arobes compañeras de juegos de la infancia. En breve nos sentimos miembros de esta comunidad. ¡En qué poco tiempo La Fabariega se convirtió en mi hogar!

Durante mi paseo por el jardín rocé un rosal; sus espinas me despertaron de la ensoñación en la que estaba sumida. El aroma de las rosas hizo que me percatara de que ahora tenía aquí un presente. Es fácil sentirse bien en Arobes. Convendréis conmigo en que es un pueblo precioso. Un pueblín abrigau a dos pasos de Arriondas. Un lugar tranquilo donde se respira paz. Para los que pasamos parte del año en la ciudad el silencio es un lujo. El aire no viciado lo es aún más. Y, sobre todo, la ausencia de prisas. Aquí todavía quedan reminiscencias del pasado.

Ahora bien, con todas las delicias que nos da la naturaleza, no podemos obviar que estamos en el siglo XXI, la vida no es como era y los aldeanos deseamos disfrutar también de ciertas comodidades. De modo que en muchos casos en los pueblos — como está ocurriendo en Arobes— la población disminuye; las personas mayores se van y los jóvenes no vienen. Con todo, yo me atrevo a augurar un futuro prometedor para el mundo rural, por varias razones: en parte porque mucha gente huye de las ciudades y, también, porque se están buscando alternativas laborales que pasan por el autoempleo. Un pueblo bien equipado puede presentar gran atractivo. Para este fin Arobes tiene enorme potencial, máxime hoy que las telecomunicaciones permiten estar en contacto con cualquier punto del planeta.

Que quede bien claro que nada más lejos de mi intención que aprovechar la ocasión para hacer reivindicaciones, pero sí quiero recordar a los de mi generación que de nosotros depende el futuro de nuestro pueblo. Debemos meditar sobre qué deseamos legar a los que nos suceden. Me entristece que los jóvenes se resignen a no encontrar alicientes o trabajo en la comarca y decidan marchar. Empecemos por cuidar el entorno, intentemos mejorar lo que tenemos, conservemos la idiosincrasia de la aldea; las tradiciones, como esta fiesta de San Roque. ¡Con cuánto agrado recuerdo que hace unos años, durante la semana de la novena, ensayamos el himno de san Roque! ¡Con qué emoción lo cantamos en misa el día de la fiesta! A pesar de que prometí no aprovechar la circunstancia para pedir nada, me atrevo a decir que debemos animarnos a recuperar ese himno antes de que sea demasiado tarde y se quede, como ocurrió con muchas otras cosas, para siempre en el olvido.

Yo, por fortuna, aún tuve la oportunidad de conocer algunas historias de Arobes y su paisanaje gracias a varios vecinos ancianos a los que tuve la satisfacción de escuchar y que pacientemente respondieron a mis preguntas sobre el lugar. Aprovecho para agradecer a los que seguís aquí el haber compartido conmigo vuestro pasado; pero más que a nadie, a tres personas ya desaparecidas: a Ismael, a Pepe el de Alberto y a Florentino. Nunca los olvidaré. Para ellos mi más sincera gratitud.

Llegado el momento de la despedida, os confío que cuando te encargan escribir un pregón para una fiesta es el corazón el que marca el compás; el pueblo, sus habitantes y tu relación con ambos escriben la partitura. De nada sirve pretender ser original. Ojalá vosotros —que seguís a pie firme bajo este sol inclemente—hayáis disfrutado escuchándome la mitad que yo cumpliendo mi encargo. Me gustaría, al menos, no haber sido mortalmente aburrida. A pesar de lo que me tienta, me niego a hablar del santo Roque, ya que, por mucho que me esfuerce, soy incapaz de superar al señor cura; no tiene parangón contando su biografía.

Mil gracias por haber venido; pudisteis saltaros esta parte de la fiesta. Gracias, por supuesto también, a la directiva de la « Asociación Cultural y de Festejos de San Roque » por confiar en mí para semejante responsabilidad como fue escribir y leer el pregón de las fiestas de este año 2013.

Y ahora gritad todos conmigo:

—¡Viva Arobes!
—¡Viva la fiesta San Roque!
Fin del pregón, que empiece la procesión.

Arobes, 17 de agosto de 2013

PRENSA
"Pregonera San Roque 2013 Elma Sánchez Vega"
Revista de la Asociación Cultural y de Festejos San Roque de Arobes
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"Festejos en San Roque del Acebal y en Arobes [...] La escritora Elma Sánchez Vega fue la encargada de la lectura del pregón"El Fielato, miércoles 23 de agosto de 2013
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Imagen destacada: Sergio Samalea; demás, fototeca propia