Buscar

La escritura es un estado

Elma S. Vega

Etiqueta

Enfermedad

“Qué pena que tengamos límites en el cuerpo, qué pena, pensaba”.

LÍDIA JORGE

Estuario

Ilustración: Anónimo

Los que no sanan

Estos días pasados no pude saludaros, mi cuerpo requirió toda mi energía mental. Confío que vosotros sigáis como siempre confinados, libres del mal y con ánimo. Aprovecho el motivo por el que no publiqué para comentaros una situación consecuencia del confinamiento y de la que apenas se habla. Cómo estamos y nos sentimos los enfermos crónicos severos. Se habla de forma velada de «dependientes», siempre detrás de «Los mayores». ¡Pobres mayores, tan abandonados que los teníamos y mira tú ahora por qué cobran protagonismo! Los enfermos discapacitados estamos mal y nos sentimos mal. Estamos mal porque nuestros fisioterapeutas no trabajan, los hospitales han suspendido consultas y tratamientos, la alimentación especial escasea, faltan medicamentos, los que nos cuidan son personas mayores, las asociaciones de discapacitados a las que pertenecemos y que nos ayudan a realizar tareas administrativas, legislativas, psicológicas, talleres o actividades han cerrado sus locales. En definitiva, nuestras dolencias se acrecientan, nuestra dependencia aumenta, los remedios son menores, el aislamiento es mayor. No estoy hablando de mí, no creáis. Soy una enferma privilegiada y, si bien, me afectan un par de cosas de las anteriores, son otros mis problemas que por su excepcionalidad omito y muchas mis posibilidades de entretenimiento y comunicación, parte de las cuales todos conocéis. Pero por solidaridad quiero ser la voz de todas esas personas menos afortunadas que yo y cuyos problemas el covid 19 vino a acrecentar.

Imagen: Fototeca particular

Encuentra tu ánimo

Esta mañana he decidido no daros ánimos para levantaros ni reprenderos por no haber hecho ejercicio y asearos. Doy por hecho que eso ya lo tenéis asumido a estas alturas de confinamiento. Hoy me importa más preguntaros si os habéis parado a pensar que muchos de nosotros -los enfermos crónicos no oncológicos-, nos pasamos días, semanas o meses confinados. En un hospital, en casa o en una habitación. Algunos, como es mi caso, renunciando a aficiones desde niños. Adaptándonos a continuos cambios para peor. Asumiendo la fragilidad de nuestro cuerpo, siempre tirano, doliente, traicionero. Y no exentos de los infortunios comunes a todos. Y así, hemos hecho fuerza de la esperanza, riqueza del encierro, humor de nuestras incapacidades y aprendizaje de nuestra condición de dependientes. Sólo eso, mis seres queridos. Leído esto, de cada uno de vosotros depende sentiros más animados y solidarios para luchar contra el virus o quejaros de vuestro encierro. 

Ilustración: weheartit.com

Infusión eufemística

-No quiero manzanilla, no me gusta.
-Es camomila, mi cielo.
-¿Y en qué se diferencia?
-En la manera de denominarla.
-Pero sigue siendo lo mismo.

Ilustración: Pinterest

Los días que los médicos te recuerdan que tienes encima la espada de Damocles requieren una inmediata higienización. No existe método más eficaz que acallar la mente con música.

Ilustración: Sam Toft

Enfermedad proyectada

-¿Puedo bañarme, Clara?
-No Blancaflor, tienes anginas.
-Oí a tu madre decir que las tenía tu hermano.
-Dicen que los niños proyectamos las preocupaciones en nuestros juguetes, a lo peor las contrajiste por mi culpa.

Ilustración: Honor C. Appleton

Examen materno

-Mamá, ¿cuánto tiempo estaré enferma?
-No lo sé, Georgina, mi vida.
-¿Hasta cuándo tengo que tomar esto?
-Hasta que lo diga el médico.
-¿Cuándo será eso?
-No lo sé.
-¿Cuándo podré levantarme?
-Tampoco lo sé.
-¿Qué examen os ponen para ser madre? De cuatro preguntas, no supiste tres.

Ilustración: Marcel Marlier

Un amor con consecuencias

Toya me observa desde la alfombra. Me lleva estudiando desde hace años. Dos ya. Sabe más sobre mí que yo misma. Estos días estoy en cama, consecuencias de mi enfermedad. Ella sabe que hay momentos mejores, y que los peores pueden ser de diferentes grados y tiempos. Ha comprendido que si estoy en cama la cosa está seria y que no podré pasear con ella, ni siquiera jugar en casa. De modo que no pide ni lo uno ni lo otro. Paciente se echa a mi lado, en la alfombra, respira profundo y se adormila. No se apura, ella ha elegido una misión: hacerme compañía. Otro querido miembro de la familia la insta a salir. Me mira inquisitiva. ¿Sin ti? Asiento. Comprende pero se hace la remolona, abandonar su puesto no le gusta. Por fin, tras que yo insista en que ha de irse, lo hace. No tarda en regresar; ha hecho un poco de ejercicio y sus necesidades físicas. Entra como una tromba por la puerta de mi habitación. Posa sus pies, manchados de tierra, sobre el embozo de la cama ávida por lamer mis manos, mi cuello, mi cara ¿Cómo negárselo a pesar de lo que conlleva? Me siento incapaz.

Imagen: Fototeca propia

Sin mi perra, no

-¡Samba, ya estoy en casa!
-¡Guau!
-La próxima vez me negaré a ingresar sin ella.
-No puede ser, Amalia. Ya lo discutimos muchas veces.
-El doctor Justo dice que la compañía de Samba me beneficia.
-Los perros transmiten enfermedades.
-Pero los hospitales viven de ellas.

Ilustración: Patrice Barton

¿Por qué no puedo llorar?

-Diana, tienes que mostrarte entera.
-No puedo.
-¡Claro que sí!
-No, tengo miedo. Tengo miedo de que mamá se muera.
-Ella necesita vernos fuertes.
-Si nos ve fuertes creerá que no nos importa que esté enferma.
-No, Diana. Mamá necesita que le demos ánimos, no podemos mostrarnos tristes.
-¿Y no la animará más vernos derrumbados? ¿Abrazarla llorando y decirle que la necesitamos, que no puede abandonarnos, que tiene que mejorar?

Ilutración: Pascal Campion
«Aprendemos a ser independientes para tener que aceptar que en la enfermedad seremos perpetuamente dependientes».

Ilustración: Patricia Polacco

 

Un teléfono para Toya

No me gusta hablar por teléfono. Tampoco escribir. Rompe mi orden, mi paz interior y mi silencio. Sin embargo, llevo dos mañanas pensando en comprarle uno Toya. De tenerlo, ayer y hoy la hubiera llamado desde el hospital. También lo haría mañana y pasado, que otra vez me toca ir.

Y es que cuando una se pasa la vida pegada a una perra a la que quieres, te es fiel hasta el asombro, te mira con absoluto amor y es suave como un algodón, si te separas de ella la añoras más que a nada en el mundo.

A juzgar por como me recibe, apostaría a que estaría encantada de poder llamarme. No me cabe duda de que a media mañana me pegaría un telefononazo y me preguntaría, con interés y delicadeza, cómo me va. Si los médicos me tratan bien, si las noticias han sido mejores, si estoy muy cansada y, sobre todo, me diría: “Te estoy esperando para besarte y abrazarte, para estar a tu lado y para jugar contigo cuando necesites distraerte”.

¡Vamos, lo mismito que hace mi hermana! ¿Tendrá que ver que son madrina y ahijada?

Gato al médico

-Pati, debes de llevar a Dundu a un veterinario, no al centro de salud.
-Doctor, Dundu no es un gato cualquiera.
-¿A no? ¿Y qué tiene de particular?
-Se lleva bien con los perros, es amigo de los ratones, no le gusta el pescado, es sociable y le gusta viajar.
-No por ello deja de ser anatómicamente un gato.
-Usted no comprende, Don Anselmo. Para él será humillante llevarlo a una veterinaria.
-Te equivocas, Pati. Lo más humillante para cualquier ser vivo es no tratarlo según su naturaleza.

Ilustración: Victoria Kirdiy
“Cuando el dolor arrecia sólo reconforta ensimismarse en un refugio inmaterial”.
Ilustración: Lucy Campbell

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑