Cuento infantil para primeros lectores


Para Nacho y su tía, mi amiga

El Sol despierta muy temprano. Madruga para ir a trabajar, da luz y calor a los seres vivos. Las personas, los animales y las plantas ser morirían si el Sol no hiciera su trabajo. El Sol trabaja solo en el cielo. La Luna y las estrellas trabajan también en el cielo, pero su horario no coincide con el del Sol.

Algunas veces, la luna no duerme y se une al Sol durante sus horas de trabajo. Esos días se la puede contemplar pálida en el cielo, muy cerca del Sol. Pero ella no puede acompañar siempre al brillante astro porque, al igual que las estrellas, necesita descansar durante el día para trabajar por las noches.

El Sol y la Luna se quieren mucho; hay quien dice que están enamorados. Hay quien dice que la Luna refleja la luz del Sol para iluminar la noche. Se dicen muchas cosas de la Luna y el Sol.

Pero este cuento habla de la soledad que sentía el Sol y de cómo se hizo amigo del Mar.

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El Sol sabía que su trabajo era muy importante y que no podía dejar de hacerlo, pero se sentía triste debido a su enorme soledad.

El Sol miraba hacia la Tierra observando cómo jugaban los niños en el parque. Los veía correr cogidos de la mano e intercambiar juguetes, subirse a los columpios, compartir la merienda y regresar con sus padres a sus casas.

Así que una tarde sin pensarlo más se dijo:

-Bajaré al parque y les preguntaré a los niños si puedo jugar con ellos.

Y seguidamente empezó a descender hacia la Tierra a gran velocidad, pero una nube se interpuso en su camino y le dijo:

-Sol, ¿a dónde vas tan deprisa?

-Quítate de mi camino -le gritó enojado-. Hoy no voy a permitir que te interpongas entre la Tierra y yo.

El Sol y la nubes se llevan muy mal, siempre se están peleando porque las nubes, a veces, no lo dejan brillar. Ellas saben que la Tierra necesita de su agua para vivir.

La nube, muy paciente, le contestó:

-Sol, no debes acercarte más a la Tierra o de lo contrario quemarás todo lo que en ela existe. ¿Has olvidado que eres una bola de fuego?

El Sol comprendió que la nube tenía razón. En su afán por estar acompañado se le olvidó que no podía acercarse a la Tierra. La nube aprovechó que el Sol se puso muy triste, llamó a sus compañeras para que cubrieran el cielo y enseguida empezó a llover.

El astro se sintió más solo, más triste y, sobre todo, muy arrepentido de su terrible inconsciencia. Por eso perdió su enorme fuerza, fue declinando y sin darse cuenta llegó al borde del Mar.

Y el Mar, al verlo, tan cerca, no lo reconoció y le preguntó quién era; el Solo tampoco reconoció al Mar y le preguntó lo mismo:

-Soy el Sol.

-Soy el Mar.

-¿Y cómo has llegado hasta aquí? -quiso saber el Mar.

Y el Sol le contó todo lo que le había pasado ese día.

-Pues no te preocupes -le dijo el Mar-. Yo estaré encantado de que vengas todos los días a verme; a mí no puedes quemarme.

Y ambos se pusieron muy contentos.

A partir de ese día el Sol baja al atardecer a conversar con el Mar hasta que se queda dormido. Por la mañana, al despertar, se saludan y el Sol comienza su ascenso hacia el cielo, desde donde cada día vuelve a dar luz y calor a los seres vivos del planeta.

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Si vas a la playa al atardecer verás cómo el Sol se acerca al Mar y el lazo de amistad que los une. El Sol te contará que ya no se siente solo y el Mar que ahora es amigo del Sol y la Luna. Pero cómo el Mar y la Luna se hicieron amigos, eso… Eso es otro cuento.

Arobes, 2002

La hora del cuento, Blog by Boolyno: De cómo el Sol se hizo amigo del mar